Presupuesto 2027. ¡Mucho cuidado! | Edmond Mulet

 

     

 

En esta nueva columna, Edmond Mulet analiza el proyecto de Presupuesto del Estado para 2027, que asciende a Q192,045.1 millones, y plantea cuestionamientos sobre endeudamiento, ejecución institucional, prioridades sociales, fiscalización y el riesgo de que los recursos públicos sean utilizados con fines clientelares.

El proyecto de Presupuesto del Estado para 2027 asciende a Q192,045.1 millones. La propuesta plantea financiar prioridades en educación, salud, seguridad, infraestructura y desarrollo social. Sin embargo, más allá de la magnitud de los recursos solicitados, la pregunta fundamental es si hay capacidad de convertir ese presupuesto en mejores condiciones de vida para la población.

El Congreso debe evaluar con rigor las asignaciones, exigir justificaciones técnicas y corregir las deficiencias antes de aprobar ese presupuesto. El incremento del gasto público, por sí solo, no garantiza que disminuyan la pobreza, la desigualdad o las deficiencias en los servicios esenciales.

Algunas de las asignaciones hacen sospechar que recursos públicos serán desviados para la campaña electoral, y eso es preocupante. Un instrumento fiscal en favor del clientelismo político, práctica que tanto daño nos ha hecho en el pasado, no debe permitirse más.

El presupuesto debe medirse por su impacto social y no solamente por el tamaño de las partidas aprobadas.

El hecho de que se pretende cubrir el déficit y financiar funcionamiento (sueldos) con préstamos y emisión de bonos es un pecado capital y una enorme irresponsabilidad frente a las futuras generaciones que tendrán que pagar esas deudas.

Se debe hacer una evaluación rigurosa de los supuestos económicos que sustentan los ingresos proyectados. Si los ingresos previstos no se materializan, el Estado podría enfrentar presiones para ajustar el gasto, modificar sus prioridades o recurrir a mayores necesidades de financiamiento. Por ello, las proyecciones deben ser realistas y acompañarse de mecanismos de seguimiento que permitan identificar oportunamente cualquier desviación.

El endeudamiento tampoco debe evaluarse únicamente por su monto. Es necesario determinar cuánto costará el servicio de la deuda, qué condiciones tendrán los préstamos y qué beneficios económicos o sociales producirán los recursos financiados. La deuda puede ser una herramienta legítima para construir infraestructura y ampliar servicios públicos, pero se convierte en una carga preocupante cuando financia gastos sin resultados verificables o compromete recursos futuros sin una justificación suficiente.

Uno de los cuestionamientos más importantes al proyecto de 2027 es la incapacidad de las instituciones para ejecutar los recursos disponibles, ¿qué justifica que reciban asignaciones todavía mayores?

Por eso, antes de autorizar nuevos incrementos presupuestarios, el Congreso debe pedir información sobre las metas alcanzadas, los proyectos concluidos, las obras pendientes y las razones por las que no se utilizaron los recursos asignados anteriormente.

Un presupuesto responsable no premia automáticamente a las instituciones que solicitan más dinero. Exige que cada ampliación esté respaldada por necesidades demostrables, capacidad operativa y resultados medibles.

 

En Guatemala, la política presupuestaria debe responder a necesidades concretas: la desnutrición infantil, las brechas educativas, la inseguridad, la falta de acceso a servicios sanitarios, las carencias de infraestructura básica y las dificultades económicas de las familias más vulnerables.

Por otro lado, la asistencia pública no debe convertirse en un instrumento de clientelismo político, sino en una política de Estado orientada a reducir las desigualdades.

La aprobación de un presupuesto de esta magnitud requiere una fiscalización que vaya más allá de la revisión formal de los documentos. La ciudadanía necesita conocer qué instituciones reciben los recursos, qué proyectos ejecutarán, cuáles son sus plazos y cómo se comprobará el cumplimiento de sus objetivos.

El debate presupuestario constituye una prueba para el Organismo Legislativo. La aprobación de una propuesta de gasto no debería depender exclusivamente de acuerdos entre bloques parlamentarios ni de la afinidad política con el Ejecutivo.

Un presupuesto aprobado sin suficiente análisis puede generar obligaciones financieras difíciles de revertir durante el ejercicio fiscal. La responsabilidad del Congreso no termina con la aprobación del decreto: también implica vigilar su ejecución y exigir cuentas sobre los desembolsos.

La verdadera medida de un presupuesto no es la cantidad de millones que contiene, sino la capacidad de convertir los recursos públicos en oportunidades, servicios dignos y mejores condiciones de vida de los ciudadanos.

La pregunta que debe orientar el debate nacional es sencilla, pero fundamental: ¿está el Estado solicitando más recursos porque tiene un plan realista para resolver los problemas del país o porque todavía no ha demostrado que puede utilizar eficientemente los recursos que ya administra?

Edmond Mulet

Comentarios

https://www.maromagazine.com/assets/images/user-avatar-s.jpg

0 comment

Write the first comment for this!