La sección In Memoriam de la 68.ª edición de los premios Grammy prometía ser solemne, pero nadie estaba preparado para la descarga de energía y emoción que significó el tributo a Ozzy Osbourne, fallecido en julio del año pasado. En un gesto que honró la esencia misma del "Padrino del Heavy Metal", la Academia no optó por el silencio, sino por el volumen ensordecedor de un clásico atemporal: War Pigs.
Para la ocasión, se ensambló una alineación de ensueño que difícilmente volverá a repetirse. El escenario del Crypto.com Arena fue tomado por un "supergrupo" conformado por los artilleros de Guns N' Roses, Slash y Duff McKagan; el baterista de los Red Hot Chili Peppers, Chad Smith; y el productor Andrew Watt. Al frente de esta maquinaria sónica, Post Malone sorprendió con una interpretación vocal que canalizó la angustia y la potencia del registro original de Osbourne, demostrando una vez más su versatilidad más allá del género urbano.
Sin embargo, el verdadero peso del homenaje no estuvo en los amplificadores, sino en la primera fila. Mientras la banda ejecutaba el himno antibélico de Black Sabbath, las pantallas del recinto mostraron a una devastada familia Osbourne. Sharon, oculta tras sus características gafas oscuras, intentaba mantener la compostura, mientras que Kelly y Jack no pudieron contener las lágrimas, limpiándose el rostro visiblemente afectados. Fue un recordatorio brutal de que, detrás de la leyenda y el personaje televisivo, había un padre y esposo cuya ausencia sigue siendo una herida abierta. La ovación de pie al finalizar la canción no fue solo por la música, sino un abrazo colectivo a un clan que definió una era.




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