El péndulo de la democracia: cuando los pueblos pasan factura | Por Edmond Mulet

 

     

 

En su columna de opinión, Edmond Mulet analiza los resultados de las elecciones legislativas de Estados Unidos de noviembre de 2026 y reflexiona sobre la alternancia democrática, el voto de castigo y las consecuencias de gobernar de espaldas a la ciudadanía. Además, plantea una reflexión sobre la situación política de Guatemala, el descontento ciudadano y la responsabilidad de quienes ejercen el poder.

EL PÉNDULO DE LA DEMOCRACIA: CUANDO LOS PUEBLOS PASAN FACTURA

Las elecciones del 4 de noviembre, la alternancia y el costo de gobernar de espaldas a la ciudadanía.

Por Edmond Mulet

Hay una lección que la historia democrática repite una y otra vez, pero que muchos gobernantes parecen olvidar cuando llegan al poder: ningún mandato es permanente, ninguna mayoría es incondicional y ningún gobierno tiene un cheque en blanco de la ciudadanía.

Los resultados de las elecciones legislativas de Estados Unidos del 3 de noviembre de 2026 ofrecen una nueva ocasión para reflexionar sobre esa realidad. El Partido Demócrata obtuvo el control de ambas cámaras del Congreso, ganó gobernaciones y alcaldías, en un resultado que representa un contundente revés para Donald Trump y su partido. Más allá de las consecuencias inmediatas para la política estadounidense, el mensaje merece ser analizado desde una perspectiva democrática más amplia.

El electorado tiene memoria. Puede ser paciente, puede conceder oportunidades y puede esperar que sus gobernantes cumplan sus promesas. Pero también tiene límites. Cuando las expectativas se acumulan, cuando las respuestas no llegan y cuando quienes ejercen el poder dejan de escuchar, el voto se convierte en el instrumento más poderoso que tiene una sociedad para expresar su inconformidad. Cuando se gana una elección con base en las promesas de no involucrarse en más guerras y en bajar el costo de vida, y se hace exactamente lo contrario, cuando hay engaño, la ciudadanía pasa la factura.

La alternancia: una condición de la democracia

La alternancia en el poder no debe interpretarse como una amenaza ni como una tragedia política. Es, precisamente, una de las expresiones más saludables de la democracia. El yin y el yang, el movimiento del péndulo, son manifestaciones de aprobación o rechazo a las acciones del gobierno. Los que le dieron un masivo apoyo a Trump hace dos años son los que abrumadoramente hoy lo condenan.

Una democracia no consiste únicamente en ganar elecciones. Consiste también en aceptar que se pueden perder, reconocer la voluntad popular y comprender que el poder pertenece a los ciudadanos, no a quienes temporalmente lo ejercen.

Quien gana una elección recibe una responsabilidad, no una propiedad. El mandato ciudadano tiene límites constitucionales, políticos y temporales. Gobernar supone rendir cuentas, respetar las instituciones y mantener una relación permanente con la sociedad.

La alternancia permite corregir rumbos, renovar liderazgos y recordarles a los partidos que ninguna victoria electoral los coloca por encima de la ciudadanía. También obliga a quienes llegan al poder a demostrar que son capaces de ofrecer resultados y no solamente discursos.

En el caso de Guatemala, el desempeño de diversos gobiernos y, especialmente, de políticos y diputados, ha generado un enorme rechazo que pone al sistema democrático mismo en peligro. Se percibe que estamos viviendo los últimos estertores de un sistema político y electoral agotado.

El cínico aumento de los sueldos de los diputados y la asignación multimillonaria del presupuesto que se hacen a ellos mismos no pasan desapercibidos por el electorado, el que se siente traicionado y ofendido por la desfachatez y la corrupción de sus representantes.

El resultado estadounidense demuestra que incluso un gobierno con una importante estructura de poder puede enfrentar un cambio significativo en la correlación política cuando los ciudadanos deciden expresar su descontento en las urnas.

El péndulo: una advertencia para todos

La política tiene mucho de movimiento pendular. Las sociedades oscilan entre proyectos, liderazgos y propuestas diferentes. En ocasiones buscan continuidad, estabilidad y seguridad; en otras, cambio, renovación y corrección.

Ese movimiento no siempre responde a una adhesión ideológica. Muchas veces expresa frustraciones cotidianas: el costo de la vida, la falta de oportunidades, la inseguridad económica, la corrupción, la distancia entre las promesas y los resultados o la sensación de que las decisiones se toman sin considerar a la gente.

Los primeros análisis de los resultados estadounidenses han señalado precisamente preocupaciones relacionadas con el costo de vida, la inflación y la corrupción, entre otros factores. No sería correcto reducir el comportamiento de millones de electores a una sola causa, pero sí reconocer que las preocupaciones concretas de la población tienen consecuencias políticas.

 

El péndulo no pertenece a la derecha ni a la izquierda. No tiene dueño. Puede favorecer a una fuerza política en una elección y a otra en la siguiente. Su movimiento recuerda que la confianza ciudadana debe renovarse constantemente.

Por eso, los resultados electorales no deberían ser motivo de arrogancia para los vencedores ni de negación para los derrotados. Para unos representan una responsabilidad; para otros, una oportunidad de reflexión y reconstrucción.

La democracia no exige que todos pensemos igual. Exige que sepamos convivir con nuestras diferencias y aceptar que la ciudadanía tiene siempre la última palabra en las urnas.

El costo de darle la espalda a la población

Quizás la lección más importante de estas elecciones es el precio que puede pagar un proyecto político cuando confunde el ejercicio del poder con la desconexión de la realidad social.

Gobernar desde los círculos cerrados, escuchar únicamente a los incondicionales, descalificar toda crítica y considerar que quienes discrepan son adversarios irreconciliables conduce a una peligrosa pérdida de perspectiva.

El gobernante que deja de escuchar comienza a gobernar sobre una realidad imaginaria. Puede rodearse de informes favorables, discursos complacientes y aplausos interesados, pero fuera de esos círculos existe una ciudadanía que enfrenta problemas concretos y que evalúa los resultados de manera mucho más directa.

La gente no vive de conferencias de prensa ni de promesas. Vive de su trabajo, de sus ingresos, de la seguridad de sus familias, de la calidad de los servicios públicos y de la posibilidad de ofrecerles un futuro mejor a sus hijos.

Cuando esas preocupaciones no encuentran respuestas, se deteriora la confianza. Y cuando la confianza se pierde, recuperarla puede tomar mucho más tiempo que perderla.

El voto de castigo no siempre significa que los ciudadanos se hayan enamorado de una alternativa. A veces significa, sencillamente, que consideran necesario enviar una señal a quienes gobiernan. Esa distinción es fundamental para comprender el movimiento pendular de la política.

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