Detrás del escritorio | Marlon Rosales: Que cólera tener que hablar de un caco más…

 

     

 

En esta nueva entrega de Detrás del escritorio, Marlon Rosales expresa su indignación por la resolución judicial dentro del caso Red Q y reflexiona sobre la corrupción, la justicia, el uso de los recursos públicos y la responsabilidad ciudadana de no normalizar este tipo de hechos.

Realmente consternado e impactado me dejó la resolución del juez Arnulfo Carrera, quien fijó el pago de Q400 mil en concepto de reparación digna a Melvin Quijivix, dentro del denominado caso Red Q.

Quijivix, ingeniero mecánico y exfuncionario del Instituto Nacional de Electrificación (INDE), aceptó cargos por el delito de conspiración para el lavado de dinero y fue condenado a dos años y ocho meses de prisión conmutables.

El caso está relacionado con una investigación del Ministerio Público por operaciones vinculadas a aproximadamente Q85 millones.

Finalmente, la reparación fijada fue de apenas Q400 mil.

¿Cómo no sentir cólera?

Desde mi perspectiva, resulta difícil comprender que frente a cantidades de esta magnitud el resultado económico de una sentencia pueda terminar siendo tan reducido.

Pero para el ciudadano que paga impuestos todos los días, explicaciones como estas difícilmente disminuyen la indignación.

Porque al final somos los guatemaltecos quienes sostenemos al Estado.

Pagamos IVA, impuesto sobre la renta, impuestos de circulación de vehículos y muchas otras obligaciones. Ese dinero sale del trabajo de millones de personas que cada mañana se levantan para ganarse la vida honradamente.

Por eso duele tanto cuando existen casos relacionados con recursos públicos.

Y duele todavía más cuando comenzamos a acostumbrarnos.

Ese quizá sea uno de nuestros mayores problemas como sociedad: hemos visto tantas noticias relacionadas con corrupción que algunas ya parecen formar parte del paisaje cotidiano.

Escuchamos una cifra millonaria, nos indignamos durante unas horas y después seguimos adelante.

No debería ser así.

No podemos permitir que la corrupción se convierta en una normalidad cultural.

Tampoco podemos aceptar que la indignación ciudadana desaparezca simplemente porque pensamos que “nada va a cambiar”.

Claro que tiene que cambiar.

En un régimen democrático, uno de los instrumentos fundamentales que poseen los ciudadanos es el voto. También están la fiscalización, la denuncia, la participación ciudadana y la exigencia constante de transparencia.

Sé que muchos dirán que incluso esos mecanismos han sido golpeados por la corrupción.

Ese será tema para otra columna.

Hoy lo que me mueve es el pesar y la cólera.

Porque Guatemala merece instituciones en las que la ciudadanía pueda confiar y funcionarios que comprendan que administrar recursos públicos significa administrar el esfuerzo de millones de personas.

También me preocupa profundamente observar cómo personajes cuestionados políticamente vuelven una y otra vez a presentarse ante la población como alternativas de poder.

Por eso debemos despertar.

Debemos exigir explicaciones, transparencia y rendición de cuentas.

No estoy hablando de violencia ni de tomar justicia por mano propia. Hablo de algo mucho más poderoso en una democracia: el rechazo ciudadano, la fiscalización y la memoria.

No normalicemos.

No olvidemos.

No convirtamos la corrupción en parte inevitable de nuestra historia.

Durante siglos, Guatemala ha cargado desigualdades, abusos de poder y sistemas que muchas veces han beneficiado a unos pocos mientras las grandes mayorías luchan diariamente por salir adelante.

¿Hasta cuándo?

También debemos preguntarnos qué responsabilidad tuvieron las distintas administraciones que permitieron que personas posteriormente investigadas alcanzaran posiciones de enorme poder dentro del Estado.

 

El gobierno de Alejandro Giammattei, como todos los gobiernos, debe ser evaluado por sus decisiones, sus funcionarios y los resultados de su gestión.

Y lo mismo debe hacerse con el gobierno actual y con los que vendrán.

Ningún presidente, partido o funcionario debería quedar exento del escrutinio ciudadano.

Las promesas políticas pueden ser muchas, pero al final son los hechos los que deben juzgarse.

Guatemala necesita ciudadanos que recuerden.

Ciudadanos que pregunten.

Ciudadanos que fiscalicen.

Y ciudadanos que entiendan que cada quetzal del Estado pertenece, en última instancia, al pueblo que lo aporta.

Hoy escribo con cólera.

Pero también con la esperanza de que llegue el día en que noticias como esta ya no nos parezcan normales.

Porque cuando una sociedad deja de indignarse ante la corrupción, el problema ya no está únicamente en quienes cometen los delitos.

También está en la indiferencia de quienes decidieron acostumbrarse.

Marlon Rosales
Detrás del escritorio

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