Detrás del escritorio | Marlon Rosales: No es un domingo cualquiera

 

     

 

El asesinato de Juan Francisco Solórzano Foppa lleva a Marlon Rosales a reflexionar sobre la violencia, la historia política de Guatemala, la corrupción, el papel de los medios de comunicación y el profundo desencanto que existe entre los ciudadanos. Una mirada personal que, pese al pesimismo del momento, termina con un llamado a recuperar la democracia y encontrar juntos una salida para el país.

No es un domingo cualquiera.

Al enterarme del asesinato vil y cobarde del licenciado Juan Francisco Solórzano Foppa, el acontecimiento me impactó en varios sentidos, ninguno de ellos agradable, como debería ser un fin de semana común y corriente.

Tal vez porque normalmente suponemos que el fin de semana será un momento para descansar, alejarnos por unas horas del diario vivir y encontrar un poco de tranquilidad. Sin embargo, lo sucedido también nos obliga a reflexionar sobre la profundidad del problema que tristemente vive nuestro país.

Uno de los primeros pensamientos que surgió en mi mente fue el recuerdo triste y nefasto de una de las épocas más difíciles de mi vida. Por desgracia, ocurrió durante mi niñez y adolescencia: los años de la represión militar.

Aquellos tiempos oscuros de las perreras, de la Judicial, de los toques de queda y de asesinatos que llegaron a convertirse en acontecimientos demasiado frecuentes. Eran también tiempos del reclutamiento forzoso y de medir cada palabra por temor a que una opinión pudiera ser considerada prohibida y traer consigo algún tipo de represión.

Existían elecciones, pero muchos ciudadanos sentían que antes de celebrarse ya se conocía quién sería el militar que sucedería a quien ocupaba el poder.

Después vino la democracia.

Con ella surgieron enormes esperanzas. Vinicio Cerezo se convirtió en el primer presidente de aquella nueva etapa democrática y muchos creímos que comenzaba un tiempo diferente: los militares regresarían a sus cuarteles y su función quedaría concentrada en resguardar la soberanía nacional.

Pero junto con la democracia también aparecieron nuevas formas de corrupción y nuevas estructuras de poder.

Desde mi perspectiva, distintos sectores supieron aprovechar el sistema. El sector privado consolidó enormes espacios de influencia, mientras buena parte de la carga tributaria continuó recayendo sobre las clases medias y los sectores populares.

La llamada izquierda tampoco quedó al margen de esa transformación. Movimientos que alguna vez se presentaron como altruistas terminaron, en muchos casos, adaptándose al sistema político, cambiando alianzas cada cuatro años y participando en estructuras que la propia ciudadanía cuestiona.

Y mientras tanto, Guatemala sigue sobreviviendo gracias a una riqueza extraordinaria que pareciera resistirse a todos nuestros errores.

Todo esto ha ocurrido también bajo la mirada permanente de actores internacionales que históricamente han tenido influencia sobre nuestro país.

Otro sector que pudo haber marcado una enorme diferencia fue la prensa.

Durante décadas, el periodismo guatemalteco enfrentó persecución, amenazas y censura. Con el paso del tiempo apareció otro problema: la influencia económica y política sobre algunos medios de comunicación.

Desde mi punto de vista, en determinados momentos resultó más sencillo comprar silencios o asegurar líneas editoriales a través de la pauta que intentar censurar directamente.

Durante años, los medios tradicionales tuvieron un enorme poder para decidir qué llegaba o no al conocimiento de la población.

Pero apareció algo que cambió las reglas: internet y los teléfonos celulares.

Hoy cualquier ciudadano puede grabar un acontecimiento y compartirlo inmediatamente. Situaciones que anteriormente podían quedar ocultas ahora pueden ser conocidas en cuestión de minutos.

Ya no es tan sencillo tapar el sol con un dedo.

Y entonces llegamos a nuestra realidad actual.

En serio, qué mal estamos.

Pero el problema no son únicamente los llamados “chairos” ni los “oligarcas”. Tampoco puede reducirse todo a una pelea entre izquierda y derecha.

El problema, de una u otra manera, somos todos.

Nos encontramos atrapados en una vorágine de enfrentamientos, acusaciones y divisiones en la que pareciera existir únicamente un grito:

 

¡Sálvese quien pueda!

Pero precisamente por eso considero que debemos detenernos a reflexionar.

Todavía somos un pueblo.
Todavía somos una nación.
Todavía la llamamos Guatemala.

No deberíamos pasar el tiempo únicamente observando al vecino y comparándonos con los videos que muestran lo bien o mal que están otros países. Tampoco basta con lamentarnos por las decisiones que hemos tomado.

Tenemos que preguntarnos cómo corregimos lo nuestro.

Tal vez yo sea únicamente una voz en el desierto, pero sé que muchas personas sienten algo parecido.

Y si somos muchos quienes atravesamos esta preocupación, entonces significa que ninguno está completamente solo.

Todavía tenemos democracia.

Todavía tenemos la posibilidad de participar, exigir, fiscalizar y escoger.

Y si logramos entender que salir adelante requiere algo más que enfrentarnos entre nosotros, quizá podamos comenzar a sacar a nuestro país del profundo agujero en el que sentimos que se encuentra.

Es momento de recordar una frase de don Rodolfo Gutiérrez Machado:

“Solo aquel que llega a tocar el fondo del abismo puede encontrar el impulso para lograr el éxito”.

Estamos en el fondo, sin duda.

Pero quizá precisamente desde allí podamos encontrar el impulso que necesitamos para salir.

Marlon Rosales

Detrás del escritorio

Artículo de opinión. Las valoraciones, señalamientos e interpretaciones expresadas corresponden al autor.

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