Detrás del escritorio | Marlon Rosales: Guatemala, un país inmensamente rico condenado a vivir en la pobreza

 

     

 

Guatemala posee una extraordinaria riqueza mineral, arqueológica, agrícola y natural, pero millones de sus habitantes continúan enfrentando pobreza, desnutrición y falta de oportunidades. Marlon Rosales cuestiona cómo un país con tantos recursos puede mantener semejantes desigualdades y hace un llamado a despertar de la apatía colectiva, exigir mejores gobernantes y construir un futuro digno para las próximas generaciones.

Somos un país cuya maldición parece ser su propia riqueza.

Guatemala es una tierra privilegiada, bendecida con recursos naturales que muchas naciones del mundo desearían tener. Poseemos vetas de oro, plata, níquel, jade imperial, uranio, petróleo, además de un enorme potencial para generar energía hidráulica, geotérmica y aprovechar otros recursos energéticos.

Tenemos jade imperial, una piedra preciosa de extraordinario valor y reconocimiento internacional. Contamos con riquezas minerales que, administradas con responsabilidad, transparencia y visión de país, podrían representar inversiones, empleos, desarrollo y oportunidades para millones de guatemaltecos.

Y entonces me pregunto: ¿cómo es posible que un país con tanta riqueza tenga a buena parte de su población viviendo en la pobreza?

Somos aproximadamente 18 millones de habitantes dentro de nuestras fronteras, además de millones de compatriotas que han tenido que emigrar porque su propia tierra no les ha ofrecido las oportunidades necesarias para construir una vida digna.

Pero nuestra riqueza no termina debajo de la tierra.

Guatemala posee una herencia arqueológica comparable, por su grandeza histórica, con la de civilizaciones como la egipcia. Nuestros antepasados mayas nos dejaron ciudades monumentales, conocimientos, arquitectura, ciencia, astronomía y un legado cultural que debería ser motivo de orgullo y una extraordinaria fuente de desarrollo económico.

Si supiéramos aprovechar responsablemente este patrimonio, si invirtiéramos en infraestructura turística, conservación, seguridad, promoción internacional y oportunidades para las comunidades, un importante porcentaje de nuestra población podría vivir dignamente de mostrarle al mundo las maravillas que poseemos.

Y no hablo únicamente de nuestra historia maya.

Tenemos riqueza colonial, paisajes naturales, volcanes, lagos, montañas, selvas y una biodiversidad extraordinaria. En Guatemala, hacia donde uno vuelva la mirada, existe algo maravilloso que mostrar.

También somos privilegiados por nuestra tierra.

Tenemos condiciones para producir una enorme diversidad de cultivos. Ya somos exportadores de productos agrícolas reconocidos internacionalmente, pero podríamos alcanzar muchísimo más.

Con planificación, tecnología, inversión y oportunidades para nuestros agricultores, Guatemala podría fortalecer su posición como proveedor agrícola del mundo, mientras avanza hacia una mayor autosuficiencia alimentaria y garantiza mejores condiciones para quienes trabajan la tierra.

¡Por Dios santo! ¡Tenemos prácticamente de todo!

Recursos minerales, patrimonio arqueológico, potencial turístico, riqueza natural, capacidad agrícola y una población trabajadora.

¡Somos un país inmensamente rico!

Entonces contestémonos una pregunta que debería estremecer la conciencia de todos los guatemaltecos:

¿POR QUÉ CARAJO, TENIENDO TANTO, MILLONES DE GUATEMALTECOS VIVEN EN LA POBREZA?

¿Por qué seguimos viendo niños que sufren desnutrición y algunos que incluso mueren por sus consecuencias?

¿Por qué tenemos servicios de salud deficientes, una educación que no llega con la calidad necesaria a todos, infraestructura abandonada y una economía que para demasiadas familias significa únicamente sobrevivir?

¿Cómo es posible que en una nación con semejantes recursos haya personas que no tengan siquiera lo indispensable para vivir con dignidad?

¿Dónde está nuestra riqueza? ¿Quiénes se han beneficiado de ella? ¿Por qué no se traduce en bienestar para todos?

Porque Guatemala nos pertenece a todos, no solamente a unos cuantos.

Y no quiero que veamos únicamente lo que sucede en la actualidad. Los invito a adentrarnos en nuestra historia, a revisar lo ocurrido durante generaciones y preguntarnos por qué hemos soportado durante tanto tiempo el oportunismo de quienes han utilizado las estructuras del poder para favorecer intereses particulares.

A mi juicio, Guatemala ha sido víctima de una larga historia de aprovechamiento, corrupción, irresponsabilidad y saqueo de recursos que deberían beneficiar a toda la población.

Hemos permitido que malos hijos de esta patria, verdaderos sinvergüenzas, se aprovechen de aquello que pertenece a todos. Algunos lo hicieron en el pasado, otros podrían estar haciéndolo hoy y seguramente habrá quienes pretendan continuar si nosotros seguimos permitiéndolo.

¡Ya basta, por Dios santo!

No merecemos vivir así.

No merecemos que nuestros niños crezcan sin alimentación adecuada, que nuestros jóvenes abandonen sus sueños por falta de oportunidades o que nuestros compatriotas tengan que dejar a sus familias para buscar en otras tierras lo que su propio país debería ofrecerles.

¡Merecemos algo mejor! ¡Muchísimo mejor!

Pero para conseguirlo necesitamos despertar.

Debemos dejar a un lado la mediocridad, la indiferencia y esa apatía colectiva que durante demasiado tiempo nos ha convertido en espectadores de nuestro propio destino.

Necesitamos comprender que el desarrollo de Guatemala no llegará por arte de magia. Requiere ciudadanos comprometidos, empresarios con visión, instituciones responsables y dirigentes que verdaderamente estén a la altura de las necesidades nacionales.

¡Ya dejemos de entregar las riendas del país a ineptos!

Y a los empresarios también quiero decirles algo.

El tren de la tecnología, de la innovación y de la superación ya pasó una vez frente a nosotros. Mientras otras naciones avanzaron, modernizaron sus economías y apostaron por el conocimiento, Guatemala ha desperdiciado oportunidades extraordinarias.

Pero pronto vendrá otro tren.

Y tenemos dos opciones: nos subimos todos o nos quedamos nuevamente observando cómo el mundo avanza sin nosotros.

Si no reaccionamos, si no invertimos en educación, tecnología, producción, infraestructura y desarrollo, llegará el momento en que no solamente habremos perdido nuevas oportunidades, sino que podríamos perder también el control y los beneficios de buena parte de nuestras propias riquezas.

No podemos continuar pensando únicamente en el presente.

Mis hijos, mis nietos y sus descendientes merecen una Guatemala diferente.

Merecen vivir en un país donde el esfuerzo sea recompensado, donde trabajar honestamente permita salir adelante, donde la educación abra puertas y donde los recursos nacionales se traduzcan en bienestar para la población.

No quiero que las próximas generaciones hereden la misma frustración que hemos soportado durante tantos años.

Se acercan nuevas elecciones, y nuevamente tendremos frente a nosotros una enorme responsabilidad.

Elegir a quienes dirigirán el destino de Guatemala no debería ser un acto de costumbre, simpatía o conveniencia, sino una decisión consciente sobre el futuro de nuestros hijos.

Le pido a Dios que nos ilumine para que sepamos escoger, que dejemos de repetir los mismos errores y que comprendamos que nuestro voto puede contribuir a transformar el rumbo de esta nación.

Pero también debemos entender que nuestra responsabilidad no termina en las urnas.

Si se nos llama a participar en una causa legítima por la dignidad de Guatemala, si debemos organizarnos para exigir transparencia, oportunidades y un mejor futuro, ¡que nadie se achicopale!

Que nadie piense que su participación no importa.

Que nadie crea que el país está condenado para siempre.

Hemos arrastrado, a mi juicio, más de 200 años de retrasos, desigualdades y oportunidades desperdiciadas, pero eso no significa que debamos resignarnos a continuar de la misma manera.

Guatemala necesita una transformación profunda, y esa transformación debe comenzar por nuestra propia conciencia.

Dejemos de conformarnos con las migajas cuando vivimos en una tierra capaz de producir abundancia.

Dejemos de aceptar la mediocridad como si fuera nuestro destino inevitable.

Dejemos de permitir que los intereses particulares estén por encima del bienestar colectivo.

 

¡Guatemala es demasiado grande, demasiado rica y demasiado valiosa para continuar desperdiciando su futuro!

No podemos cambiar lo ocurrido durante los últimos dos siglos, pero sí podemos decidir qué país queremos construir a partir de hoy.

Y si algo debemos tener presente es que nuestra mayor riqueza no está únicamente en el oro, el jade, los minerales, los bosques, los cultivos o las ciudades mayas.

Nuestra mayor riqueza está en los guatemaltecos y en la capacidad que tenemos para levantar esta nación.

Somos inmensamente afortunados por haber nacido en esta bella tierra.

Pero esa fortuna debe convertirse en dignidad, oportunidades y bienestar para todos.

¡Somos riquísimos! ¡Que nunca se nos olvide!

Y precisamente por eso, porque esta patria nos pertenece a todos y porque las próximas generaciones merecen algo mejor, debemos levantar la voz y exigir que sus riquezas se administren en beneficio de los guatemaltecos.

¡YA NO PERMITAMOS QUE NOS SIGAN ROBANDO A LO PELADO!

Marlon Rosales
Detrás del escritorio

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