Hace 82 años, Guatemala vivió una revolución que sacudió las estructuras dictatoriales de su tiempo.
El 20 de octubre de 1944 marcó el inicio de una nueva etapa en nuestra historia: el derrocamiento de un régimen autoritario y la esperanza de construir un país más justo, moderno y progresista.
Jorge Ubico había gobernado con rigidez y exceso de autoridad. Nuestros abuelos todavía nos hablan de una época de prosperidad, orden y seguridad, una percepción que hoy algunos comparan con lo que se dice de nuestro vecino Nayib Bukele.
Sin embargo, detrás de aquella imagen de orden existía un sistema que restringía las libertades y concentraba el poder.
Los revolucionarios de 1944 apostaron por algo más que un cambio de gobierno. Impulsaron una transformación que, con sus aciertos y limitaciones, dejó instituciones y conquistas sociales que todavía forman parte de nuestra vida nacional.
El IGSS, el Banco de los Trabajadores, el Crédito Hipotecario Nacional y la Ciudad Olímpica son ejemplos de instituciones y proyectos que representan distintas etapas de ese proceso de construcción del Estado.
A ello se sumaron reformas laborales y educativas que ampliaron derechos y oportunidades para los guatemaltecos.
Juan José Arévalo fue el primer presidente de aquella etapa revolucionaria y logró concluir su mandato constitucional. Su gobierno abrió las puertas a una visión distinta de país, en la que el desarrollo no debía medirse únicamente por la riqueza de unos cuantos, sino también por el bienestar de la mayoría.
Claro que todavía habrá quienes califiquen aquel movimiento como una amenaza comunista.
Pero más allá de las etiquetas ideológicas, cabe preguntarse qué habría ocurrido si Guatemala hubiese dado continuidad a sus esfuerzos de modernización, justicia social y desarrollo económico.
Estoy convencido de que la clase alta guatemalteca debería comprender que compartir la riqueza no significa perderla, sino contribuir a multiplicarla.
Cuando los sectores populares tienen mejores ingresos, aumenta su capacidad de consumo, se fortalece el mercado interno, crecen los negocios y se generan nuevas oportunidades.
Una sociedad con menos pobreza y mayores posibilidades para todos también beneficia a quienes producen, invierten y generan empleo.
Guatemala es un país inmensamente rico en recursos, talento y potencial humano.
Sin embargo, seguimos arrastrando los lastres del subdesarrollo, la desigualdad, los privilegios, los cacicazgos y la falta de oportunidades.
Durante décadas, las estructuras de poder han demostrado una enorme capacidad para sobrevivir a los cambios políticos, muchas veces disfrazando de democracia una realidad marcada por la concentración de la riqueza y la influencia de las élites.
El mundo, entretanto, ha cambiado.
La globalización ha transformado las economías y hasta la China comunista ha incorporado amplios mecanismos de mercado.
En ese escenario, sostener privilegios y monopolios a costa de limitar la competencia y las oportunidades es una receta para el estancamiento.
Cuando los intereses particulares se imponen sobre el bienestar colectivo, la represión, el autoritarismo y la exclusión terminan convirtiéndose en herramientas para preservar el poder.
Y aquí estamos, a las puertas de una nueva cita con las urnas, con la esperanza de que el voto vuelva a ser el instrumento para cambiar nuestro destino.
Ojalá no terminemos eligiendo a otro payaso o a otro hijo de la gran… política tradicional, de esos que prometen transformar el país y terminan reproduciendo los mismos vicios de siempre.
Porque la democracia no consiste únicamente en votar; consiste en tener alternativas reales, instituciones sólidas y gobernantes capaces de responder a las necesidades de su pueblo.
Este 20 de octubre no debería ser solamente un feriado en el calendario.
Es una fecha que nos obliga a mirar nuestra historia con nostalgia, pero también con indignación y reflexión.
La Revolución de Octubre representó el intento de encaminar a Guatemala hacia una sociedad más evolucionada, justa y progresista.
Cuesta imaginar dónde estaríamos hoy si aquel proyecto hubiese tenido continuidad, si las oportunidades se hubieran multiplicado y si el desarrollo hubiera alcanzado a las grandes mayorías.
Tal vez no tendríamos a tantas familias separadas por la migración forzada por el hambre, ni a tantos guatemaltecos obligados a abandonar su tierra para buscar fuera lo que su propio país no ha podido ofrecerles.
Pero la historia no se construye con lo que pudo haber sido, sino con las decisiones que tomamos y las oportunidades que somos capaces de aprovechar.
En las últimas elecciones, muchos creímos que Bernardo Arévalo, hijo de un presidente que dejó una huella importante en la historia nacional, podría recuperar aquella esperanza y traer una nueva primavera para Guatemala.
Hoy, sin embargo, el desencanto de muchos ciudadanos contrasta con las expectativas que despertó su llegada al poder.
La pregunta sigue siendo la misma:
¿Cuánto tiempo más tendremos que esperar para que Guatemala deje de ser una promesa y se convierta en una realidad de desarrollo, justicia y oportunidades?
El 20 de octubre nos recuerda que alguna vez tuvimos la voluntad de intentarlo.
Lo triste es que, 82 años después, todavía seguimos esperando que aquella intentona de evolución se convierta, por fin, en el país que merecemos.
Marlon Rosales
Detrás del escritorio
Artículo de opinión. Las valoraciones, comparaciones y planteamientos expresados corresponden al autor.





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